No todos los colores se pueden obtener de manera natural, y cada entorno brinda a sus habitantes una gama distinta de tonalidades.
El monte santiagueño abunda en algarrobo, ancoche, jume, cosquil, pata, duraznillo y quimil, que nos devuelven una paleta rica en verdes, amarillos, ocres, marrones en todas sus gamas y rosas.
Nuestra naturaleza es de una generosidad infinita, especialmente donde viven las teleras SachaMama, que saben cómo sorprendernos con su habilidad tintórea.
La utilización de modificadores del color (también naturales) como el sulfato de hierro, permiten una gama más amplia como los grises grafito, los verdes pistacho o los lilas.
De algunas plantas se usa la raíz, de otras la cáscara (corteza), de otros el lloro (resina), de otros la campana (madera), de otras las hojas.
Sin embargo no siempre se trata de árboles nativos, también se logran tintes del hollín de las cacerolas o de la herrumbre.